domingo, 22 de febrero de 2015

El cinismo y la sociedad Obnubilada. Caminando hacia el Río Weser

Por Sergio Polo

Según reza el diccionario de la Real Academia Española de la lengua en su primera acepción, cinismo se define como desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables. Es decir, que aquellos que son cínicos mienten descaradamente sin importarles lo que la gente que conoce la mentira piense de ellos, su rédito estriba en que sus seguidores incondicionales, aquellos que nunca dudarán de su palabra, les creerán y podrán usarlos a su conveniencia, ya sea para atacar a sus enemigos o para defenderse. Es por ello que esta conducta cínica está íntimamente ligada a la clase política porque son ellos, los políticos, al igual que ciertos líderes religiosos y  personajes públicos, los únicos que pueden sacar algún beneficio de esta reprobable forma de actuar ya que de lo contrario, y para el resto de los mortales que no se han sentido elegidos por estos líderes con un rebaño al que guiar, un cínico sería simplemente un lunático o un loco.

La forma más efectiva de luchar contra el cinismo político es la democracia moderna, inspirada en la separación de poderes de Montesquieu ya que garantiza el control ejercido por el ejecutivo, y por ello, cualquier líder tocado con esta manera de entender el poder, la detesta. No obstante la historia reciente nos ha demostrado que si no les queda más remedio, estos líderes, tratarán de auparse al mismo dentro de sus cauces legales y aprovechándose de su habilidad para el engaño y el cinismo. Luego, una vez conseguido, y como caballos de Troya que penetran en las instituciones, comenzarán a dinamitar esta forma de gobierno desde dentro tratando de controlar a su vez el legislativo y el judicial, pasando, en poco tiempo, a convertirse en dictadores y perpetuándose en el poder –– ahí tenemos como ejemplos los casos de Adolf Hitler en Alemania o Hugo Chávez en Venezuela––.


Es por esta razón que no hay nada más peligroso para una sociedad, sea de la clase que sea, que un líder cínico, civil, militar o religioso, con una amplia base de seguidores desengañados de una mala experiencia anterior, y que aprovechándose de esta debilidad sepa seducirlos con la melodía de su música obnubilante hasta el punto de ser capaz de llevarlos al borde del río Weser para, una vez allí y tal y como les ocurriera a los ratones del flautista de Hamelín, hacer que se lancen al agua pensando que serán purificados en vez de que, lo que les ocurra, muy probablemente sea que perecerán ahogados.

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